viernes, 1 de febrero de 2008


Pepín Bello


Tener una mentalidad artística y negarse a darle vía libre conduce a uno de dos caminos; uno, el sentimiento de frustración y las lamentaciones retrospectivas, habituales en tantos seres humanos que creen tener o haber tenido talento, y haber renunciado a él rindiéndose, irremediablemente obligados o no, a las presiones más prosaicas de la vida. Casos humanos de esta especie abundan tanto que se puede decir que componen una de las características psicológicas del siglo xx, su pathos más difuso: la dolorosa conciencia de la propia mediocridad.

Otra, mucho menos extendida, predicada por algunos espíritus orientales, y que requiere cierto refinamiento de alma, es la que dirige a Pepe Bello: renunciar sin lamentaciones a la manifestación de los propios dones puede ser una virtud espiritualmente aristocrática, y cuando se pliega uno a ella sin siquiera ampararla en el desprecio a los semejantes, en el hastío de la vida o en la indiferencia hacia el arte, entonces ya tiene algo de divino.